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Página 1 de 3 INTRODUCCIÓN
Cuando oímos hablar por primera vez de Las Hurdes y buscamos noticias sobre la región, fuimos a dar con multitud de opiniones sobre una tierra sin tierra, que dicen, sobre la centenaria incomunicación y la leyenda negra que muchos viajeros habían ayudado a crear; sin embargo, encontramos también algunos escritores que daban una visión diferente sobre etnografía y naturaleza hurdanas.
Comenzamos nuestra aventura penetrando en Las Hurdes por Riomalo de Abajo, población que nos permitió aprender algo sobre la antigua fisonomía hurdana, de casas pequeñas de pizarra y calles estrechas, aunque en esta alquería, que desde siempre han llamado aquí a los pueblos, las fachadas están encaladas y son pocas las edificaciones antiguas que quedan;
en todo caso, el paisaje nos pareció un buen preludio de lo que después íbamos a ver y nos recordó la descripción de Félix Barroso, un gran conocedor de Las Hurdes, sobre la arquitectura tradicional: “Pizarra sobre pizarra; formas redondeadas; escasos vanos; gruesos muros, lucidos, a veces, con almagre; maderos de castaños, lanchas en vez de tejas, y dimensiones reducidas. No es un símbolo de pobreza, un mucho menos. Responde a un tipo de vivienda bioclimática, enmarcada dentro de determinadas coordenadas socioeconómicas.”
Entramos en la primera pista desde la misma población de Riomalo de Abajo, siguiendo el curso del río Ladrillar, que por estos pagos es retenido en una piscina natural durante el verano. Enseguida nos separamos de su incipiente desembocadura sobre el Alagón y empezamos a subir. Poco podíamos sospechar la imagen que este último río iba a ofrecernos más allá, la del Melero, el meandro más pronunciado de su curso, pues, aunque lo habíamos contemplado en fotografías, el grandioso escenario nos dejó asombrados; desde un mirador vimos retorcerse el río, rodear una pequeña península y después abrirse camino entre altas paredes de roca hacia el embalse de Gabriel y Galán, perceptible en la lejanía; por encima, en el lado salmantino, Arca y Buitrera, el espacio protegido y, más allá, la Sierra de Béjar, que entonces lucía un gran manto blanco. La soledad y la belleza de estos paisajes se apoderaron de nosotros, con mucho más motivo cuando continuamos circulando por encima del Alagón hasta Arrolobos.
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