Saturday, 19 May 2012
Conociendo Las Hurdes
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INTRODUCCIÓN


Arquitectura popular de Las Hurdes.Cuando oímos hablar por primera vez de Las Hurdes y buscamos noticias sobre la región, fuimos a dar con multitud de opiniones sobre una tierra sin tierra, que dicen, sobre la centenaria incomunicación y la leyenda negra que muchos viajeros habían ayudado a crear; sin embargo, encontramos también algunos escritores que daban una visión diferente sobre etnografía y naturaleza hurdanas.

Comenzamos nuestra aventura penetrando en Las Hurdes por Riomalo de Abajo, población que nos permitió aprender algo sobre la antigua fisonomía hurdana, de casas pequeñas de pizarra y calles estrechas, aunque en esta alquería, que desde siempre han llamado aquí a los pueblos, las fachadas están encaladas y son pocas las edificaciones antiguas que quedan;

 

en todo caso, el paisaje nos pareció un buen preludio de lo que después íbamos a ver y nos recordó la descripción de Félix Barroso, un gran conocedor de Las Hurdes, sobre la arquitectura tradicional: “Pizarra sobre pizarra; formas redondeadas; escasos vanos; gruesos muros, lucidos, a veces, con almagre; maderos de castaños, lanchas en vez de tejas, y dimensiones reducidas. No es un símbolo de pobreza, un mucho menos. Responde a un tipo de vivienda bioclimática, enmarcada dentro de determinadas coordenadas socioeconómicas.”


Vista desde el Complejo Rural RiomaloEntramos en la primera pista desde la misma población de Riomalo de Abajo, siguiendo el curso del río Ladrillar, que por estos pagos es retenido en una piscina natural durante el verano. Enseguida nos separamos de su incipiente desembocadura sobre el Alagón y empezamos a subir. Poco podíamos sospechar la imagen que este último río iba a ofrecernos más allá, la del Melero, el meandro más pronunciado de su curso, pues, aunque lo habíamos contemplado en fotografías, el grandioso escenario nos dejó asombrados; desde un mirador vimos retorcerse el río, rodear una pequeña península y después abrirse camino entre altas paredes de roca hacia el embalse de Gabriel y Galán, perceptible en la lejanía; por encima, en el lado salmantino, Arca y Buitrera, el espacio protegido y, más allá, la Sierra de Béjar, que entonces lucía un gran manto blanco. La soledad y la belleza de estos paisajes se apoderaron de nosotros, con mucho más motivo cuando continuamos circulando por encima del Alagón hasta Arrolobos.

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Era obvia la pregunta sobre el nombre, y no menos la respuesta, ya que nos enteramos que en otros tiempos, no lejanos, los lobos poblaban la comarca y que sólo las masivas reforestaciones de pinos acabaron con parte de la fauna y muchos de los rebaños de cabras de los que se alimentaban los lobos y, por lo tanto, con la especie en la zona. A pesar de ello tuvimos noticia de gentes que se hicieron famosas a comienzos del siglo XX por su habilidad para cazar lobos.
Por Arrolobos vimos el río Hurdano, aunque éste no sería el último encuentro con él. Buscamos entonces el siguiente camino aguas arriba del Ladrillar. Una pista nos ayudó a ascender a la Sierra del Cordón y a contemplar desde lo alto bellísimos paisajes de sierras y horizontes inacabables. Por debajo, el cerrado valle del Ladrillar y Las Mestas, una de sus alquerías. La vegetación que nos rodeaba era una buena prueba de la que ha existido en Las Hurdes desde siempre, eso sí, con enormes masas forestales de pino de repoblación. Tras unos cuantos kilómetros el descenso nos asomó al valle del Hurdano y a Nuñomoral. El río se entretenía ante nuestra mirada, encerrado entre montañas, tal y como es la constante en las tierras hurdanas. Atravesamos Nuñomoral y nos desviamos de la carretera de Casares de las Hurdes hacia el barranco más olvidado de toda la región, el del Malvellido. Al poco de desviarnos vimos Cerezal y una pequeña carretera que conduce a la presa de Arrocerezal, encerrada en un bello paisaje de montañas; más allá el asfalto cruzaba Martilandrán enseñándonos alguna de las viviendas clásicas hurdanas. Aguas arribas nuestro ánimo fue quedando en suspenso, allí se cerraba el valle y la luz golpeaba sobre la pizarra dando el tono azulado al ambiente que caracteriza a la región. Vimos Fragosa ante nosotros y el Cottolengo, el conocido centro asistencial; al rebasar la alquería las casitas hurdanas aparecieron descolgándose por la ladera hacia el Malvellido, en el que los hurdanos habían conseguido extraer pequeños bancales para crear sus huertos.


Y después, El Gasco. Es esta población una de las más remotas de Las Hurdes, ya que sólo se puede llegar a ella por la carretera o descolgándose, en sentido literal, de los montes; nos informaron que había un artesano que hacía casitas tradicionales de pizarra, aunque ya no quedaba nadie que vendiera objetos de piedra del “volcán”… “Ese que ven ustedes al frente, pero no es un volcán sino un meteorito que cayó hace millones de años, tal y como nos dijeron unos expertos que vinieron a estudiarlo”. La buena mujer que nos refirió lo citado también nos recomendó dar un paseo hasta la Miacera, ya que las lluvias y nieves caídas le habían devuelto la belleza al salto de agua más conocido de Las Hurdes. Así lo hicimos, paseamos entre peñascos durante un rato y nos detuvimos a contemplar y a escuchar el atronador estruendo del eco al reproducir el sonido del agua cayendo sobre las rocas. Tan impactante fue su contemplación como la de la alquería desde el otro lado del río, con sus diminutas callejuelas, sus casitas de pizarra negra y el reducido espacio de su asentamiento. Allí, rodeados de la descomunal naturaleza, tuvimos la impresión de haber llegado al final de todo y de nada; desde El Gasco, imaginando el pasado y sólo una senda para llegar, pensamos que no era difícil mantener una leyenda negra; ¿quién iba a querer llegar hasta allí para comprobar la existencia de seres extraordinarios, que decía Lope de Vega de Las Batuecas y cuya imagen también abrazaba Las Hurdes?; pero también comprendimos que en ese barranco, y en otros tiempos, la vida debió ser terrible; nos pareció muy cierta la expresión de “una tierra sin tierra”, y una cruel batalla la de luchar por sobrevivir en un medio tan bello como improductivo.

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En el barranco del Malvellido, como también ocurre en el del Ladrillar, en la zona alta del Hurdano o en algunas alquerías perdidas de Las Hurdes Bajas, comprendimos la cruzada que acometieron muchas gentes para forzar la visita de Alfonso XIII en 1922 o para mover la conciencia del país, que sólo parecía acordarse de la región para dejar hijos naturales. Palabras terribles las de muchos testigos de la situación hurdana, como los versos de Gabriel y Galán dirigidos a Alfonso XIII: “Tanta pena he contemplado / que unas veces he llorado / con llantos de compasión / y otras mi voz ha velado / gemidos de indignación…”. También las de Miguel de Unamuno: “Quien una vez vio aquello, sobre todo el barranco central, el que va de El Gasco a Nuñomoral, pasando por Fragosa, nunca más podrá desdolerse de ello.¡Qué tarde aquella en que después de habernos bañado en el clarísimo río, entre peñascos –lo que allí falta es tierra-, al pie de Fragosa, nos rodearon los misérrimos fragosanos al husmo de las escurrajadas de nuestra merienda, pero también para preguntarnos por el mundo!”.


De nuevo en ruta volvimos a penetrar en pista y a ascender interminablemente, como si no existiera el final de la subida. La pista que tomamos fue la que recorría la Sierra de la Corredera por su zona alta, de manera que los paisajes nos sobrecogieron por su profundidad y verticalidad. Sin duda este tramo fue el más espectacular del itinerario que nos habíamos propuesto, magnífico por la belleza que mostraba y que nos hacía parar a cada paso a observar toda la grandeza hurdana, a comprender su centenaria incomunicación y los escasos recursos de una tierra de pizarras cámbricas inaprovechables. La nieve caída había dejado restos en las crestas de la sierra, cosa rara en Las Hurdes, en donde el invierno es templado, arriba y abajo.
Nuestro camino alcanzó el asfalto cerca de Aldehuela, en el barranco del Esperabán; las aldeas de nuevo daban la impresión de estar escondidas, de emitir tanta belleza como soledad. Tomamos el camino a Horcajo, pues habíamos leído que muy cerca de la población había un conjunto de corrales muy a la usanza hurdana y en un paraje de gran belleza, aguas arriba del arroyo del Horcajo. Dejamos el coche y anduvimos hasta allí por una senda delimitada por tapias de pizarra; al final, en un magnífico paraje, se levantaban los Corrales del Moral, casi un reducto de arquitectura tradicional hurdana.


Si bellos nos parecieron estos paisajes de Las Hurdes Bajas, no menos nos ocurrió con los del río Esperabán o el de los Ángeles, al que nos dirigimos muy pronto. Vimos Robledo, La Muela y Pinofranqueado, cabeza del municipio, desde la sierra, pero aún teníamos que llegar a otros lugares que deseábamos conocer, por lo que eludimos el descenso, penetramos de nuevo entre montes y buscamos el curso del río Ovejuela, que cruzamos en el no menos atractivo paraje de Los Labrados. Fuera del recorrido quedaba la alquería de Ovejuela, a la que nos acercamos porque, desde ella, podíamos alcanzar otro de los chorros de Las Hurdes, conocido como el Chorrituero, que da origen al río de Ovejuela. Tras un descanso merecido en el lugar, volvimos a la ruta y a tomar una pista de subida hasta un nuevo espacio natural: el Manadero de los Ángeles. Por encima de nosotros planeaban tres buitres negros mientras ascendíamos la Sierra de los Ángeles. Arriba, grandioso, apareció el mayor salto de agua de Las Hurdes; un mirador nos hizo asomar a aquel paisaje montaraz y a disfrutar del horizonte hurdano que se abría a nuestras espaldas.


Se acercaba el final del recorrido, pero no quisimos dejar de lado el descenso a un puente antiguo, sobre el río de los Ángeles y a las ruinas del convento del mismo nombre, un lugar que tuvo gran importancia en la comarca durante siglos, incluso como centro de peregrinación.


Siguiendo el curso del río de los Ángeles llevamos la ruta hasta Pinofranqueado, terminando el recorrido junto a la piscina natural que retiene las aguas del río durante el verano. Dejamos zonas sin tocar, lugares que tenían mucho que contarnos sobre la naturaleza hurdana, sobre su pasado y sobre el gran futuro que les depara el hecho de tener uno de los espacios naturales de mayor singularidad de la Península.